A Missionary Heart.
By: Pastor Rolfi Lope
This week, I would like to pause and reflect on my role as a believer—to reflect on where I am headed as a member of the family of Faith. I am concerned that we might lose our identity, or simply that we might become frozen in time, merely blending in with the generational group in which we live.
Take heart bro! Rise up! For God is with you. We have a lot of work to do.
To possess "a missionary heart" is a spiritual concept referring to a person's inner disposition to share God's love and message with others—especially with those who do not yet know Him. In the Christian context, missions are often regarded as "the very heart of God," stemming from His desire that all of humanity might come to repentance.
Our compassion must be active. Through the lens of compassion, we perceive the spiritual and physical needs of the multitudes and feel an impulse to help—following Jesus' example as He looked upon people as "sheep without a shepherd."
A missionary heart demonstrates a genuine interest in other cultures and a desire to carry the Gospel beyond one's own borders. A missionary heart is willing to set personal plans aside to follow God's call, trusting fully in His provision.
The missionary heart glorifies Christ and fulfills the work He Himself entrusted to us: to love our neighbor. In a tangible way, this reflects a deep love for people that translates into a fervent desire for their salvation and well-being.
Evangelism is vital to the Church, for it represents the direct fulfillment of Christ's mandate (the Great Commission) and serves as the primary means for both its spiritual and numerical growth. Without evangelism, the Church runs the risk of becoming a closed-off, stagnant community—one that loses its essential purpose of being the "light of the world."
Evangelizing compels the Church to remain constantly focused on the message of salvation—the life, death, and resurrection of Jesus—thereby preventing it from becoming distracted by traditions or secondary programs. The act of sharing one's faith is a spiritual discipline that deepens one's understanding of the Scriptures, mortifies pride, and fosters a greater dependence on God.
God desires that no one should perish; in evangelizing, the church acts in harmony with the divine will to seek and save that which was lost. The local church where God has placed you is the primary vehicle God has chosen to make Himself known in the world and to reconcile people to Himself.
A heart for missions involves sacrifice and risk. Boredom usually lives in the "comfort zone." When a Christian stops seeing their neighbor, coworker, or city as a mission field, they lose their sense of adventure. There is nothing "boring" about being on the front lines of someone’s spiritual transformation.
If missions are the "heart of God," then a Christian who isn't interested in missions is essentially out of sync with God's heartbeat. This creates a spiritual "arrhythmia" where rituals feel empty because the passion for what God loves—people—is missing.
We live in an age of instant gratification. The "slow burn" of prayer, study, and long-term discipleship often feels "boring" compared to the high-speed stimulation of social media. However, deep joy is found in the depths, while boredom lives on the shallow surface.
In the face of such a monumental task, the great question today is: Why am I—or why do I live—so discouraged? Nothing impresses me anymore. Why do I still continue trying to fill that void in my ever-thirsty soul?
It’s a sharp contrast, isn't it? If the Gospel is "Good News" and the Holy Spirit is a source of power, seeing "bored and discouraged" Christians feels like a contradiction.
Often, this happens because many have traded a Missionary Heart for a "Religious Routine." Here are a few reasons why that fire often goes out:
Many Christians today approach church like a movie theater or a gym—they go to "get" something (a good song, a motivational word). When you only consume, you eventually get bored. Joy in the Christian life comes from outflow, not just inflow. Without evangelism or service, the "living water" becomes a stagnant pond.
If we are part of a rescue mission, in our church evangelism should not be seen simply as a task or a special event, but as the very identity of the church. When a congregation loses its outward focus, it tends to turn excessively inward, often leading to internal conflict and spiritual apathy.
"A mission without action is merely an intention. Faith, if it has no work, it is dead."
To possess a heart for missions is to reflect the very heart of God. Every day offers countless opportunities to serve God and to worship Him. When you do so, He will bless you in miraculous ways.
May you continue to seek God’s will, may you trust His Word, and may you place Him where He belongs—at the very center of your life. I know that missions are born in the heart of God and must live within ours!
Are you ready to be His hands and feet today?
Be blessed.
Un Corazón Misionero
En esta semana me gustaría detenerme y reflexionar sobre mi papel como creyente, reflexionar hacia donde me dirijo como miembro de la familia de la Fe. Me preocupa que perdamos nuestra identidad o simplemente que estemos detenidos en el tiempo como uno más del grupo generacional en que vivimos.
Anímate, levántate, que Dios está contigo. Tenemos mucho que hacer.
Tener "un corazón de misiones" es un concepto espiritual que se refiere a la disposición interna de una persona para compartir el amor y el mensaje de Dios con otros, especialmente con aquellos que no lo conocen. En el ámbito cristiano, se considera que las misiones son "el corazón de Dios" debido a su deseo de que toda la humanidad alcance el arrepentimiento.
Nuestra compasión debe ser activa. Los lentes de la compasión ven la necesidad espiritual y física de las multitudes y sienten el impulso de ayudar, siguiendo el ejemplo de Jesús al ver a las personas como "ovejas sin pastor".
Un corazón de misiones muestra un interés genuino por otras culturas y el deseo de llevar el evangelio más allá de las fronteras propias. Un corazón de misiones está dispuesto a poner los planes personales en segundo plano para seguir el llamado de Dios, confiando en su provisión.
El corazón de misiones glorifica a Cristo y completa la obra que Él mismo nos encomendó, que es amar al prójimo, lo cual de manera tangible refleja un amor profundo por las personas que se traduce en un deseo por su salvación y bienestar.
El evangelismo es vital para la iglesia porque es el cumplimiento directo del mandato de Cristo (la Gran Comisión) y el medio principal para su crecimiento espiritual y numérico. Sin evangelismo, la iglesia corre el riesgo de volverse una comunidad cerrada y estancada que pierde su propósito esencial de ser "luz del mundo".
Evangelizar obliga a la iglesia a centrarse constantemente en el mensaje de la salvación (vida, muerte y resurrección de Jesús), evitando que se distraiga en tradiciones o programas secundarios. El acto de compartir la fe es una disciplina espiritual que profundiza el entendimiento de las Escrituras, mata el orgullo y fomenta una mayor dependencia de Dios.
Dios desea que nadie perezca; al evangelizar, la iglesia actúa en sintonía con la voluntad divina de buscar y salvar lo que se había perdido. La iglesia local donde Dios te ha colocado es el vehículo principal que Dios eligió para darse a conocer en el mundo y reconciliar a las personas consigo mismo.
Tener un corazón para las misiones implica sacrificio y riesgo. El aburrimiento suele habitar en la «zona de confort». Cuando un cristiano deja de ver a su vecino, a su compañero de trabajo o a su ciudad como un campo misionero, pierde su sentido de la aventura. No hay nada «aburrido» en estar en la primera línea de la transformación espiritual de alguien.
Si las misiones son el «corazón de Dios», entonces un cristiano que no se interesa por las misiones está, en esencia, desincronizado con el latido del corazón de Dios. Esto genera una «arritmia» espiritual en la que los rituales se sienten vacíos, pues falta la pasión por aquello que Dios ama: las personas.
Vivimos en una era de gratificación instantánea. El «fuego lento» de la oración, el estudio y el discipulado a largo plazo a menudo resulta «aburrido» en comparación con la estimulación vertiginosa de las redes sociales. Sin embargo, el gozo profundo se halla en las profundidades, mientras que el aburrimiento reside en la superficie superficial.
Ante una tarea tan monumental, la gran pregunta de hoy es: ¿Por qué estoy —o por qué vivo— tan desanimado? Ya nada me impresiona. ¿Por qué sigo intentando llenar ese vacío en mi alma, siempre sedienta?
Es un marcado contraste, ¿verdad? Si el Evangelio es «Buenas Nuevas» y el Espíritu Santo es una fuente de poder, ver a cristianos «aburridos y desanimados» parece una contradicción.
A menudo, esto sucede porque muchos han intercambiado un corazón misionero por una «rutina religiosa». He aquí algunas razones por las que ese fuego suele extinguirse:
Muchos cristianos de hoy en día acuden a la iglesia como si fuera una sala de cine o un gimnasio: van para «recibir» algo (una buena canción, una palabra de motivación). Cuando uno solo consume, termina por aburrirse. La alegría en la vida cristiana proviene del dar, no solo del recibir. Sin evangelización ni servicio, el «agua viva» se convierte en un estanque estancado. Pablo dijo a Timoteo: cuídate de ti mismo. Posiblemente sea yo mi propio enemigo.
Si somos parte de una misión de rescate, en nuestra iglesia el evangelismo no debe verse simplemente como una tarea o un evento especial, sino como la identidad misma de la iglesia. Cuando una congregación pierde su enfoque hacia afuera, tiende a enfocarse excesivamente en sí misma, lo que a menudo lleva a conflictos internos y apatía espiritual.
«Una misión sin acción es meramente una intención. La fe, si no tiene obras, está muerta».
Tener un corazón para las misiones es reflejar el propio corazón de Dios. Cada día ofrece innumerables oportunidades para servir a Dios y adorarlo. Al hacerlo, Él te bendecirá de maneras milagrosas.
Que sigas buscando la voluntad de Dios, que confíes en Su Palabra y que lo coloques donde le corresponde: en el centro mismo de tu vida. ¡Sé que las misiones nacen en el corazón de Dios y deben vivir dentro del nuestro!
¿Estás listo para ser Sus manos y Sus pies hoy?
Sé bendecido.